Sueños de Dios

(Parte II)

por Fernando Arias

La semana pasada aprendimos que, "los sueños de Dios tienen un nombre". Dios creó los cielos y la tierra, pero entregó el dominio al hombre para que administrara todas sus obras. Pero, ¿con qué fin?

Veamos ahora la siguiente parte de esta serie: "Sueños de Dios".

I. Reconociendo los sueños de Dios

Teniendo en cuenta que Génesis es el primer libro de las escrituras, y Apocalipsis el último, el primero narrando el inicio (alfa) y el segundo el fin (omega), y Dios llamándose a sí mismo el " Alfa y la Omega " (Apocalipsis 22:13 "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último") me parece interesante que entregara al hombre la tarea de administrar lo que había creado, en el Génesis, y recompensarlo por sus obras al final en el Apocalipsis.

Ahora, si tu vida en esta Tierra se inicia cuando naces (alfa), y finaliza cuando mueres (omega), eso te indica que, durante tu existencia, eres responsable de la administración de los sueños que Dios pone en tus manos. Dios anhela galardonarte cuando le dedicas cada sueño que tú tienes. Al entregar tus sueños, él te revelará los suyos.

Te sorprenderías si supieras cuántas veces el sueño de un hombre es incomparable con el propósito que Dios quiere cumplir con ese mismo sueño. Abraham es un claro ejemplo de ello: él quería un hijo y Dios quería un pueblo.

La diferencia entre el sueño que nace del corazón de un hombre y el que nace del corazón de Dios es que, el primero nace, crece, se reproduce y muere. El segundo nace, crece, se reproduce y muere... ¡ pero vuelve a nacer! Un sueño de Dios se cumple generacionalmente. Es una bendición que se hereda. Dios no sólo quiso bendecir a Abraham entregándole a Isaac, sino también quiso bendecirlo con Jacob y su descendencia.

II. Dios hace realidad los sueños a quienes trabajan para verlos

"Dios hace realidad los sueños a quienes trabajan para verlos ". Tres conceptos destacan en la oración anterior: (1) " soñar ", (2) " trabajar " y (3) " ver ".

Un atleta jamás corre sin conocer la meta. Sin embargo, es alarmante observar cuántas personas inician algo sin conocer su destino.

Conocer el punto de partida es tan importante como conocer el punto de llegada. Ignorar este principio es semejante al pasajero que se emociona porque va a volar, pero no tiene idea de dónde va a terminar.

Como artistas, es indispensable que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo para realizar cualquier cosa. No obstante, eso no puede ser motivo para desviar nuestro interés de terminar todo lo que iniciamos (trabajando para verlo), cumpliendo un propósito definido. Dios conoce el propósito de cada uno de sus sueños y quiere revelártelos. Eso es "visión".

(1) Sueña, (2) trabaja y (3) ve... ¡porque Dios anhela (1) verte (2) trabajando en lo que (3) sueñas !