La Palabra de Dios establece muy claramente que TODO cuanto hagamos, debemos hacerlo con amor. Pero, ¿cómo podemos conocer si lo que estamos haciendo tiene la “medida” suficiente de amor? Es decir, ¿reflejamos una actitud amorosa cuando hacemos las cosas?

Medir el amor es difícil, sin embargo, lo hacemos más de lo que piensas. El ser humano, por su naturaleza emocional, es muy selectivo en cuanto a qué amar y qué no. Amamos todo aquello que es afín a nosotros y desechamos o ignoramos emocionalmente todo aquello que no cumple con nuestras expectativas sentimentales. Es por ello que condicionamos en todo tiempo nuestro afecto por las cosas. Déjame darte a conocer tres tipos de amor que ilustrarán bien mi punto: 1. amor filos; 2. amor eros; y 3. amor ágape.

Los primeros dos, son amores naturalmente humanos. El amor filos es el amor fraterno que sentimos por las personas o ciertas cosas por el simple hecho de que cumplen con ciertos requisitos haciéndose merecedores de nuestro afecto. El eros es reflejado en una pasión más sensual, que por lo general, involucra atracción física entre dos personas. Una pareja de enamorados y un matrimonio, son un claro ejemplo de este tipo de amor. Ambos son condicionales pues son selectivos al expresarse, según los criterios de cada uno, claro.

Ahora, el amor ágape es el amor de Dios. Es un amor incondicional que sólo Dios como Padre puede darnos. Sólo lo recibimos por medio del Espíritu Santo y es mejor comprendido conforme el amor de Dios es manifestado en nosotros. Entonces, Dios estableció el amor como el sentimiento con el cual debíamos hacer todas las cosas. Pero repito, ¿cómo medimos la porción correcta de amor?

Juan 3:16 es un versículo que da a conocer el amor de Dios por nosotros.  Nos ama “de tal manera” que dio a su único hijo para que muriera por nosotros. La clave está en lo que el mismo versículo dice después de la conjugación del verbo amar (“amó”): “que dio…”. Yo no puedo medir el amor pero sí puedo medir lo que doy cuando lo demuestro. O sea, no puedo medir el sentimiento que provoca a un Padre a entregar a su único hijo, pero sí puedo ver a un hijo siendo entregado por un Padre. Es decir, el testimonio del sacrificio es más medible que el amor que lo incitó para que sucediera.

Volvemos a la pregunta clave: ¿cómo saber si lo que hago “entrega” el suficiente amor que Dios espera de mí cuando hago las cosas? La respuesta está más en la entrega que en el sentimiento que lo motiva a hacerlo. Meditando en esta pregunta el Espíritu Santo me respondió así: “¿haces tú las cosas y las entregas con el mismo amor que te gustaría recibirlas?” Esa pregunta ha invadido mis pensamientos desde aquel día…

Así es, un cocinero debería preparar un platillo con el mismo amor que a él le gustaría recibirlo si le tocara pagar por él. Un maestro debería impartir sus clases de tal manera que si le tocara a él recibirlas le sería grato aprender. Un productor musical debería prestar sus servicios de tal manera que si fuera su propio material musical el que está promocionando. Un predicador debe esforzarse por predicar de tal manera que a él le agradaría escucharse.

Dios dio lo mejor de sí. La Palabra dice que Él es amor. Significa que cuando él da amor, se da a sí mismo. No pudiendo dar algo mejor, mejor se entrega a él mismo. Esa es la razón por la que no pudiendo encontrar a nadie más, prefiero despojarse de sí y venir a este mundo a morir por nosotros.

Cada vez que te toque ofrecer algo, hazlo con la misma pasión que te agradaría a ti recibirlo. Por eso, Dios se agrada de los corazones que lo reciben con la actitud correcta, porque lo reciben de la misma forma en que él recibió el nuestro cuando se lo ofrecimos.  Cambia la palabra “amor” por Dios en el versículo… “Todo lo que hagas, hazlo con Dios”.

 

"Hazlo con Dios "

por Fernando Arias